martes, 15 de agosto de 2006
miércoles, 9 de agosto de 2006
Libro: Etica a Nicómaco.

Ética a Nicómaco fue escrita por el filósofo griego Aristóteles, aproximadamente en el siglo IV a.C. Es un texto dedicado a su hijo que se refiere a la felicidad. Está considerada una de las obras fundamentales en que posteriormente se basó la ética occidental.
La polis (ciudad), en cuanto forma autárquica y perfecta, ofrece el marco para la realización de los objetivos naturales de la vida humana. En ese espacio, la vida es bella y feliz; una vida donde se desarrolla completamente la areté (virtud), porque sólo en la sociedad puede el hombre practicar su virtud y lograr la eudaimonía (felicidad) que es el fin de su existencia. Recordemos que, en la cosmovisión griega, fuera de la polis, de la sociedad, sólo viven los dioses y las bestias.
Todo en la ciudad está dispuesto de manera tal que se cumpla el fin de toda comunidad política: la vida autosuficiente, virtuosa. Allí, la felicidad -el vivir bien- es el objetivo supremo al que la política aspira y el bien es un fin ético.
Así, la política tiene fines éticos: debe proveer a los ciudadanos de cierto carácter, hacerlos capaces de acciones buenas.
Desde la perspectiva aristotélica el fin es el que conduce al perfeccionamiento de la naturaleza, la ética es la que conduce a la política hacia lo mejor, es la que marca el objetivo fundamental: el bien común.
De esta manera, Aristóteles establece un vínculo fundamental entre ética y política, entre el bien y lo común: la política implica a la ética, realiza sus contenidos, y se dirige hacia ella, y la ética sólo puede desarrollarse en el marco de la polis, porque la naturaleza del hombre ya es política.
sábado, 5 de agosto de 2006
Editorial: Calidad republicana de la democracia.
1) El proyecto de ley que reglamenta el control legislativo con respecto a los “decretos de necesidad y urgencia” (DNU). En Abril de 2006 editorializamos respecto de este delicado y controvertido tema.
Si, como se impuso, un DNU permanece vigente salvo que sea explícitamente rechazado por ambas cámaras, entonces le basta al Presidente con desarticular potenciales mayorías opositoras en alguna de ellas para que su palabra se convierta en ley. Dado que los DNU son disposiciones de carácter legislativo emitidas por el Poder Ejecutivo, reputarlos vigentes aun cuando no sean ratificados por ambas cámaras es equivalente a la sanción tácita de una ley. Para revertir un decreto así sostenido hace falta otro decreto (lo cual en principio requeriría otra voluntad presidencial) o una ley, justamente lo que el Congreso Nacional no puede producir y por lo cual los decretos se mantendrían tácitamente en vigencia. Con estas reglas el Presidente podrá defender movimientos de fondos contra cualquier oposición y forzar ajustes presupuestarios contra la voluntad del Congreso Nacional.
2) El proyecto de ley modificatorio del artículo 37 de la ley 24.156 de administración financiera del Estado.
A partir de 1997 estos poderes extraordinarios (¿superpoderes? como los definen los medios de comunicación y hasta lo reconoce el website del Ministerio de Economía de la Nación) permanecen en manos del Poder Ejecutivo. El proyecto en cuestión no hace otra cosa que elevar a la categoría de ley una rutina esperable.
Frente a una oposición dispersa, inconexa, desarticulada, el Gobierno sigue construyendo, ladrillo sobre ladrillo, el régimen de una democracia hegemónica.
Este curso de acción es sostenido y responde a una concepción del poder tan atenta a su origen democrático como desatenta a su ejercicio republicano. La verdad es que, sin abolir la dinámica electoral de la democracia, de república va quedando muy poco, a no ser que se produzca en el Congreso Nacional alguna reacción que establezca límites a esas ambiciones.
Si este régimen de democracia hegemónica se naturalizase (por ejemplo, a través de la sucesión de varios períodos presidenciales) estaríamos en presencia de una voluntad para concentrar la sede de la soberanía del pueblo en el Poder Ejecutivo, pero también seríamos testigos de un proceso de regresión histórica.
Es interesante observar lo que sucedió en Inglaterra, cuna del control parlamentario. Desde la Carta Magna (en 1215) hasta la Revolución Gloriosa (en 1688), el Parlamento se contentó con restringir el monto del dinero que la monarquía extraía de sus súbditos, dejando que la Corona lo gastara a su antojo. Sólo a fines del siglo 17 el Parlamento extendió su vigilancia sobre los impuestos al terreno delicado, y sin duda crucial, del control del gasto. El corolario de este largo aprendizaje es sencillo y aleccionador: el ciudadano que paga impuestos tiene el derecho de controlar por medio de sus representantes el destino que se da a su dinero, y el gobierno tiene la obligación de responder en consecuencia. Si el ciudadano paga y el gobierno no responde se rompe el circuito de la ciudadanía fiscal.
Estas cuestiones referidas a la calidad republicana de la democracia… ¿constituyen asuntos dignos de provocar la atención de todos nosotros? ¿O estamos mirando, distraídamente, para otro lado y nos engañamos a nosotros mismos aceptando quietamente el discurso oficial que dice que no es posible gobernar sin “decretos de necesidad y urgencia” y “superdopoderes”?
Película: El jardinero fiel.

El Jardinero fiel es una película inglesa (2005) con imágenes poderosamente hermosas y contenido muy interesante. El director de Ciudad de Dios, Fernando Meirelles, hace una intensa adaptación del libro de John Le Carré, como surge de una entrevista realizada recientemente con el escritor inglés.
Los medios técnicos disponibles posibilitaron que la película se filmara directamente en escenarios naturales, con los protagonistas interactuando con la gente local. Hay profundos contrastes entre la vida y el caos de los pasillos de las villas en Nairobi (Kenia) y las calles de Londres y de Alemania, el gris de los aeropuertos y los trenes, etc.
Los temas que plantea El jardinero fiel -y que constituyen el marco insoslayable de una bonita historia de amor- son serios y urgentes: Africa como una zona abandonada e invisible para el resto del planeta y el rol que cumplen allí las grandes corporaciones (en este caso, la industria farmacéutica) con el consentimiento de los organismos internacionales, los gobiernos, etc.
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