lunes, 1 de mayo de 2006

Apuntes pedagógicos / 3.


Escuché a un maestro compartir, en el contexto del perfeccionamiento docente desarrollado el 27 de Abril próximo pasado, algunas conclusiones compartidas en un taller de violencia al que él había asistido en representación de su institución. Expresaba que los docentes, que habían concurrido a dicho taller, coincidían en las causas de violencia y asimismo en los episodios violentos que ocurrían en los establecimientos educativos. Lo que más llamó mi atención fue cuando manifestó que las listas de causas y episodios eran más extensas que la de posibles acciones a seguir.

Esta expresión me impulsó inevitablemente a buscar un signo que me posibilitara pensar en las prácticas escolares. Recordé una enseñanza punzante de Silvia Dutchasky,
“la creación solo es posible en el punto de inconsistencia de las prácticas, los discursos, la forma de habitar los problemas”.

¿Cómo habitamos estos problemas de violencia?

Tengo el convencimiento que la perdida de lazo social ha teñido todas las relaciones interpersonales en todos los contextos institucionales; y la escuela no escapa a este signo. Signo de los modos de violencia que me gusta definirlo como despojo.
La vida en tiempos de aceleración y fragmentación nos tiñe de una mirada llena de perplejidad sobre los modos de humanización que nos vinculan. Modos que llevan al sujeto a perder el valor cotidiano de la vida misma.
Un exponente significante de ellos es la violencia. Indicador entendido no como acto violento sino como modo mismo de la vida.
En diversas situaciones observamos que las personas, familias, instituciones, han mutado el valor de la vida por acciones reactivas revestidas de desesperación.
Es interesante el pensamiento de Fernando Ulloa cuando dice que hemos pasado del padecimiento de la cultura, esto es el vivir tensionado entre los mandatos y los deseos, entre las prohibiciones y las posibilidades, entre los límites y los impulsos, a la cultura del padecimiento.
En la cultura del padecimiento lo amenazante no se reduce a un elemento concreto, sino que la vida misma se torna amenazante, agresiva, hostil.
Podríamos señalar que el despojo es uno de sus signos más relevantes. Despojo del vínculo con el semejante, despojo de las instituciones de sostén (familia, escuela, hospital, tribunales, iglesia), despojo de los lugares de responsabilidad, despojo de la protección sanitaria, judicial, educativa, social.
Estas enunciaciones nos llevan a un marco de perplejidad y describe el declive de escenarios de humanización en el cotidiano vivir.
Si bien podríamos afirmar que la violencia es constitutiva de la condición humana, cuando esta es modo de vida obtura toda posibilidad de desarrollo y crecimiento personal con el otro; en un bien común que nos aproxime a un buen trato.
En qué pensar entonces, ¿en los hechos de violencia o en la destitución de la persona como tal? ¿en los hechos de violencia o en el quiebre del lazo social? ¿en los hechos de violencia o en la posibilidad de construir con el otro próximo un camino de acercamiento y no de destrucción?
Como educadores debemos responder estas cuestiones que sin duda potenciarán en cada uno modos de construir encuentro.
Lic. Virginia E. Acuña
Asesora pedagógica de PAIDEIA