
Los modos de operar en las escuelas están generalmente revestidos de argumentos predeterminados. Se establecen ciertas condiciones para accionar pedagógicamente (por ejemplo: debemos tener en cuenta la población de esta escuela, son alumnos considerados dentro de la categoría de riesgo educativo, debemos darles herramientas prácticas para su desempeño futuro en la vida, que más se les puede pedir, etc.) que solo cumplen la función de cristalizar, congelar toda situación creativa de enseñanza-aprendizaje, de encuentro y experiencia educativa.
Me atrevería a señalar un signo aún más catastrófico para las prácticas docentes, estos pensamientos deterministas, y tendríamos que cuestionarnos si pueden estar en la categoría de pensamientos, impiden observar la inconsistencia de nuestras prácticas ubicando el accionar del docente en una posición adulto-céntrica en relación al conocimiento y a la vida. Tal vez cuando comencemos a comprender que percibir la inconsistencia de nuestras propias prácticas, discursos o forma de habitar los problemas es lo que otorga la posibilidad de creación algo nuevo surgirá en el vínculo pedagógico.
Dar paso a la creación, la investigación, el pensamiento en la tarea docente no hace referencia a acciones innovadoras diagramadas en proyectos que siguen sosteniendo nuestra mirada sesgada del joven y su condición de aprendiz. Tiene más que ver con la posibilidad de componer una experiencia que comience a registrar un modo de conocer antes de todo juicio formulado sobre lo aprehendido.
Si desaceleráramos un momento en muestro devenir institucional y escucháramos los discursos que hacemos circular incesantemente, no dudo que emergerían diversas cuestiones sobre nuestros modos de hacer escuela más vinculadas con lo real y no con nuestras representaciones.
Lic. Virginia E. Acuña
Me atrevería a señalar un signo aún más catastrófico para las prácticas docentes, estos pensamientos deterministas, y tendríamos que cuestionarnos si pueden estar en la categoría de pensamientos, impiden observar la inconsistencia de nuestras prácticas ubicando el accionar del docente en una posición adulto-céntrica en relación al conocimiento y a la vida. Tal vez cuando comencemos a comprender que percibir la inconsistencia de nuestras propias prácticas, discursos o forma de habitar los problemas es lo que otorga la posibilidad de creación algo nuevo surgirá en el vínculo pedagógico.
Dar paso a la creación, la investigación, el pensamiento en la tarea docente no hace referencia a acciones innovadoras diagramadas en proyectos que siguen sosteniendo nuestra mirada sesgada del joven y su condición de aprendiz. Tiene más que ver con la posibilidad de componer una experiencia que comience a registrar un modo de conocer antes de todo juicio formulado sobre lo aprehendido.
Si desaceleráramos un momento en muestro devenir institucional y escucháramos los discursos que hacemos circular incesantemente, no dudo que emergerían diversas cuestiones sobre nuestros modos de hacer escuela más vinculadas con lo real y no con nuestras representaciones.
Lic. Virginia E. Acuña
Asesora pedagógica de PAIDEIA




