sábado, 8 de julio de 2006

Película: Grissinopoli.


Todo comenzó un 3 de junio. Ese día, varios trabajadores de una fábrica de grisines, decidieron quedarse ocupando las instalaciones tras un año sin cobrar el salario y tres sin que la empresa abonara los aportes jubilatorios. Lo que comenzó siendo una medida de fuerza terminó convirtiéndose en un hito para la historia laboral en la Argentina.
Hoy, los trabajadores administran la empresa y comercializan sus propios productos. Es curioso lo que sucede con Grissinopoli. Este documental, surgido a partir de la crisis de 2001, es fuerte en su estructura, en sus cualidades técnicas, en su contenido.
Así como un trabajador cuestiona la acción oportunista de ciertos piqueteros por aparecer ayudando, Darío Doria no usurpa ningún espacio ni momento de las dieciséis personas que sobrevivieron la toma, que hoy pueden mirarse a sí mismas y sentirse orgullosas. Porque la película es más humana que política. Porque se habla del artículo 14 bis de la Constitución Nacional, de conflictos y huelgas, de malta, sal y levadura, pero lo que destaca ahí, en primer plano, es la actitud de la gente. El director sabe cómo presentar los hechos y las conveniencias de quienes se aprovechan de la situación tanto como demostrar los efectos del encierro y el sentirse tironeados que tienen los trabajadores. No todos piensan igual ante la toma (Mary quiere que todo sea legal, lo que puede diferir con lo que creen Julio, Dante o Ivana), pero sí sienten lo mismo. En un país con una memoria frágil, Grissinopoli sirve para mantener un recuerdo, pero, más que nada, para potenciar las necesidades individuales por sobre los deseos corporativos o políticos de turno.