
Un texto clásico escrito en 1513 y publicado recién en 1532, después de la muerte de su autor, Nicolás Maquiavelo.
En él encontramos los grandes temas de la teoría política. Los lineamientos de la autonomía del Estado. Los orígenes y la estructura del poder. La figura del nuevo príncipe. La concepción de la política no como un deber ser sino como una ciencia empírica. La ética y la moral y su interrelación con la política.
Es uno de los pensadores más citados (¿qué intelectual confesaría no tenerlo en su biblioteca?) pero coincido con los eruditos que afirman que ha sido poco leído. Tanto por los ciudadanos como por los gobernantes (los “príncipes”) que dirigen y administran la cosa pública.
Convengamos en esto, que los textos y las ideas de un pensador (filósofo, politólogo, sociólogo, etc.) resulten muy importantes en el devenir de la historia de la humanidad y ameriten que le conozcamos, no significa necesariamente que aceptemos todas sus opiniones.
Toda nuestra observación, escucha y lectura siempre debe ser confrontada con la cosmovisión del mundo que tengamos.
En este marco, entonces, y postergando una justificación más extensa de mis objeciones para otra instancia más pertinente, quisiera mencionar dos aspectos específicos con los que difiero.
Uno, la religión no es engaño y generadora de temor, aunque esa perspectiva era la que propiciaba la misma iglesia católica en la Edad Media.
Otro, su exacerbada defensa del príncipe constituiría, aunque no fuese su propósito, la base de los futuros absolutismos. Era una concepción racional y burguesa del Estado que iría evolucionando hasta Thomas Hobbes y su Leviatán.
En él encontramos los grandes temas de la teoría política. Los lineamientos de la autonomía del Estado. Los orígenes y la estructura del poder. La figura del nuevo príncipe. La concepción de la política no como un deber ser sino como una ciencia empírica. La ética y la moral y su interrelación con la política.
Es uno de los pensadores más citados (¿qué intelectual confesaría no tenerlo en su biblioteca?) pero coincido con los eruditos que afirman que ha sido poco leído. Tanto por los ciudadanos como por los gobernantes (los “príncipes”) que dirigen y administran la cosa pública.
Convengamos en esto, que los textos y las ideas de un pensador (filósofo, politólogo, sociólogo, etc.) resulten muy importantes en el devenir de la historia de la humanidad y ameriten que le conozcamos, no significa necesariamente que aceptemos todas sus opiniones.
Toda nuestra observación, escucha y lectura siempre debe ser confrontada con la cosmovisión del mundo que tengamos.
En este marco, entonces, y postergando una justificación más extensa de mis objeciones para otra instancia más pertinente, quisiera mencionar dos aspectos específicos con los que difiero.
Uno, la religión no es engaño y generadora de temor, aunque esa perspectiva era la que propiciaba la misma iglesia católica en la Edad Media.
Otro, su exacerbada defensa del príncipe constituiría, aunque no fuese su propósito, la base de los futuros absolutismos. Era una concepción racional y burguesa del Estado que iría evolucionando hasta Thomas Hobbes y su Leviatán.




